| Zunga Caballo |
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Registrado: Mié Jul 22, 2009 12:28 pm Mensajes: 97
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Al sur occidente de Colombia, la música y el baile atraen melómanos y viajeros. Cali es una ciudad enclavada entre las faldas de la cordillera occidental y el valle del río Cauca, llena de gente alegre, que llevan la salsa en la sangre y que abren sus puertas al mundo para invitarlos a disfrutar de su cultura. En Cali, todos los visitantes disfrutan de la vida nocturna al ritmo de las orquestas y grupos tradicionales que, con trompetas y tambores interpretan el ritmo tradicional del Valle del Cauca, en medio de las academias de baile, discotecas y bailaderos. Al finalizar el año, se celebra en la Feria de Cali que se realiza desde 1958, con cabalgatas, corridas de toros, conciertos y shows de bailarines profesionales. Los turistas se encontrarán con un mundo de sensaciones, sabores y olores en los pequeños restaurantes a lo largo de las calles del sector de Granada. La oferta gastronómica del Cali seduce los paladares de los visitantes Con una amplia variedad de postres y bebidas típicas provenientes de los extensos cultivos de caña, y platos preparados con pescados y mariscos, la gastronomía del Pacífico Colombiano deleita a locales y extranjeros. Escultura "El gato del río" de Luis Tejada Marranitas, champús, chontaduro, chuleta valluna, sancocho de gallina, aborrajados, avena, pan de yuca y lulada son algunos de los platos y bebidas que hacen parte de la tradicional gastronomía valluna. La sucursal del cielo, como es conocida a nivel mundial la ciudad de Cali, también ofrece sus extensos parques y áreas verdes para practicar deportes extremos, iglesias y museos para los recorridos culturales, y haciendas coloniales para hospedarse en un ambiente tranquilo y tradicional que complementarán su estadía en la ciudad. Cali: La Sucursal del Cielo Saltar a Comentarios Rumba, mujeres voluptuosas, y una tradición salsera a prueba de balas y narcotráfico. Un cronista sin sueño al borde del abismo. Aquí Cali Pachanguero, su historia de música y violencia, su noche extendida, sus cuerpos desbordantes y el recuerdo de un escritor suicida. (Crónica de Paul Alonso publicada en la revista Dedo Medio, #12, agosto, 2008 )
Para encontrarme, llegué al bar más perdido, del barrio más bohemio, de una ciudad muy agitada, en Colombia, un país siempre en movimiento. Quizá porque estaba a punto de cumplir de 30 años y se me terminaba una década excesiva, quizá porque acababa de morir mi padre, quizá porque aún quería creer en las palabras y la canción perfecta, quizá porque la muerte siempre nos persigue como un caballo huracanado que ha tomado muchas anfetaminas, o quizá simplemente porque nunca aprendí a bailar salsa, es que me encontraba en el bar de La Socia, en el barrio de San Antonio, en la ciudad de Santiago de Cali.
La Socia es una mujer de alrededor de 60 años que regenta un pequeño local al final de un callejón. Vende cervezas, ron y aguardiente, mientras su senil marido pone en el equipo de música la mejor selección de salsa dura y antigua, seguida por viriles tangos melancólicos. Por las paredes del local están colgados los retratos de iconos de la salsa, acompañados por la imagen de Carlos Gardel, muerto en un accidente de avión, en Colombia, en 1935. Los parroquianos que me circundan son gente desprolija y pronto me entero que estoy rodeado de músicos, pintores y poetas que han perdido demasiadas batallas en su vida. En el parlante suena Escarcha, de Héctor Lavoe: “Yo seré un volcán/ Y tú seguirás en hielo”.
Capital del Valle del Cauca, Santiago de Cali cobija a más de dos millones de personas y es considerada la Capital de la Salsa, luego de que el género fuera desarrollado en Cuba y Puerto Rico, y popularizado en Nueva York. Inmortalizada como “la sucursal del cielo” a partir de los setentas, Cali ha visto crecer a orquestas como el Grupo Niche, Guayacán y Toño Barrio, y ha sido escenario de los más apoteósicos conciertos como el de la Fania All Stars.
Esta misma música quimbosa ha dictado por siempre que “las caleñas son como las flores”. Cali es famosa por ser cuna de mujeres hermosas, sensuales y de buena figura, pero también es un destino de “turismo médico”. Es una de las ciudades donde se realizan más cirugías plásticas, especialmente de implantes: desbordantes senos y nalgas retumban por la urbe. Es probable que esto sea una de las tantas herencias de la cultura del narcotráfico, que redefinió la estética femenina e hizo de la voluptuosidad una mercancía. Todo un tema en la historia del cuerpo colombiano. Y si hay alguien que sabe de esto es el pintor caleño Hernán Darío Correa, cuya obra ha girado durante más de 25 años en torno al cuerpo desnudo de la mujer, el cual retrata partiendo siempre de modelos reales: “En Cali las mujeres muestran más la piel que en otros lugares. Pero también es un cliché decir que son las más hermosas. Hay mujeres hermosas en todos lados. Lo de las cirugías viene también por la influencia del porno gringo y su aplicación en las clases altas, susceptibles a estéticas extremistas. Cali, más bien, es una ciudad genial para pintar. Por el clima y porque tiene una excelente luz”.
Pero el bar de La Socia es más bien un lugar oscuro que parece estar fuera del tiempo. Aquí las horas pasan ligeras, lubricadas por el aguardiente y el desgarro salsero. La Socia baila en medio de las mesas tomada de manos de una mujer con retraso mental; un pintor francés calzado en ojotas y ebrio nos retrata silenciosamente sobre un pedazo de cartón; un guitarrista cuenta sobre su último viaje sonero a Cuba, un sordomudo baila desenfrenado una danza indescriptible y eléctrica. El sordomudo nunca sabe cuándo la canción termina. Yo tampoco.
CALI AL MUERE
Cali no tiene demasiados atractivos turísticos ni pomposas obras arquitectónicas. Aunque hay lugares que merece la pena visitar—como el Cerro de las Tres Cruces, la Ermita, el Cristo Rey, el río Pance y el Cali, los diversos parques, los barrios de Granada y el Peñón, entre otros—, lo que más resalta es la coqueta simpatía de sus mujeres, la ubicua musicalidad de su noche rumbera e inquieta, y esa buena onda que sólo los colombianos saben derrochar (eso que llaman calidez). Durante el día, es una ciudad tranquila y con cierto aire provincial, a pesar de que la ciudad se haya modernizado rápidamente a partir de la segunda mitad del siglo veinte y especialmente para 1971, cuando se desarrollaron en la ciudad los Juegos Panamericanos. Después del crecimiento urbano, Cali quedó marcada por la cultura del narcotráfico y la violencia continua del periodo de guerras entre el Cartel de Cali (encabezado por los hermanos Rodríguez) y el de Medellín (liderado por el difunto capo Pablo Escobar), luego sucedidos por el Cartel del Norte del Valle.
En la década de 1980, el tráfico de drogas se convirtió en una forma común y rápida de acumular riqueza en la ciudad. Estas ganancias ilícitas tuvieron una fuerte influencia en la economía local y se filtraron en diversas instituciones públicas y privadas. El lavado de dinero generó un boom económico, especialmente en el área de construcción, llegando incluso a edificarse una réplica de la Casa Blanca. Este auge declinó a mediados de 1990, en medio de la llamada “guerra contra el narcotráfico” y la recesión general. Al mismo tiempo, Cali se convirtió en una ciudad peligrosa, donde los índices de asesinatos llegaron a ser los más altos del país: 120 homicidios por cada 100 mil habitantes.
Este periodo ha quedado presente en recientes manifestaciones culturales. La violencia impregna, por ejemplo, el recomendable thriller caleño Perro Come Perro ( 2008 ) del director Carlos Moreno, sobre mafia, brujería y venganza en un mundo preñado de ilegalidad y muerte. La violencia también está en el epicentro del reciente boom de la TV colombiana, la serie El Cartel, basado en el libro El Cartel de los Sapos, best-seller escrito por el narcotraficante Andrés López, el cual narra la historia del cartel del Norte del Valle, uno de los más temidos en Colombia.
Sin embargo, también se ha vuelto un lugar común estigmatizar a la ciudad como especialmente peligrosa. Por el contrario, buena parte de la urbe es tranquila, segura y caminable. Desde el mirador, al pie de la estatua de Sebastián Belalcazar, fundador de Cali, se percibe una ciudad sosegada mientras cae el sol. Al oscurecer, todo va despertando de a pocos hasta reventar en el grito noctámbulo. En ese intervalo, Cali también se revela como una ciudad golpeada, pero que ha sabido lamerse las heridas. Quizá por eso estoy aquí, y no duermo.
RUMBA DE MADRUGADA
El barrio de San Antonio reúne casas antiguas, pintadas de colores pasteles, que albergan a una variada fauna de artistas y gente de clase media. Sus calles empedradas y a veces lluviosas llevan a diversos cafés, bares y restaurantes. Ojos de Perro Azul es uno de los bares más concurridos del área. Es allí donde he pasado demasiadas horas, bebiendo en la barra con la dueña del lugar, a quien llamamos La Jefa. La carta de comida ha sido rediseñada por un chef peruano y los meseros son dos jóvenes caleños de 20 años cuya gran pasión es el rock glam y otras excentricidades ochenteras. (Me llevarán una noche a un lugar llamado Dinasty, una suerte de CBGB de pueblo. Toda una extravagancia al ecléctico compás de Bon Jovi, Pantera y Metallica.)
La barra de Ojos de Perro Azul es un buen lugar donde comenzar la noche. Siempre conocerás a alguien: tendrás una conversación afable, miradas coquetas y te darán la opción de pedir la canción más absurda que se te ocurra (pedí un son de Melcochita llamado Dos Almas). Luego, las opciones para la rumba son varias. Aquí van unos datos nocturnos: Blues Brothers, Zaperoco, Tin Tin Deo y La Matraca son lugares de rumba salsera en Cali, que a veces cuentan con shows en vivo y a partir de los jueves son fiesta asegurada. Por decreto—el plan zanahoria es regional—, cierran ahora a las dos de la madrugada. En el caso de night clubs (vamos, puticlubs), el Escocés y Flores Frescas son los lugares más conocidos. La siguiente opción de rumba es Menga: un área a diez minutos en taxi del Centro donde puede seguirse la farra hasta la cuatro de la mañana y la música es variada. Finalmente, está el ícono de la noche que empieza más allá del puente: Juanchito, el mítico rematadero cuyos locales brotan música hasta el amanecer.
A Juanchito he llegado con mis dos compinches de viaje. Somos amigos desde hace diez años cuando estudiamos Literatura en la universidad, pero ya ninguno vive en Lima ni nos interesan las variantes entre las ediciones de El Cid. Un chef, un músico y un periodista en Cali, en Juanchito, eso es lo que somos ahora. Y son las seis de la mañana y nos apretujamos contra las curvas de unas caleñas que se mueven en medio de la pista de baile. Y sudamos. Y la canción Jardín Prohibido de Alex Bueno dice: “Siempre que me miraba a los ojos, cogidos por manos/ yo me he dejado llevar por mi cuerpo/ y me he comportado como un ser humano./ Lo siento mucho./ La vida es así./ No la he inventado yo”.
CAICEDO Y EL PECADO
Andrés Caicedo es el escritor símbolo de Cali y se mató a los 26 años porque consideraba una vergüenza y una insensatez vivir más tiempo. Sólo terminó una novela—¡Qué Viva la Música!— y publicó varios relatos de temática urbana y juvenil, entre los que destaca “El atravesado” y la recopilación “Angelitos Empantanados”. Editó la mítica revista Ojo al Cine y el escritor chileno Alberto Fuguet lo considera “el primer enemigo de Macondo”. Con rostro de joven estrella pop—cool y marginal al mismo tiempo—, la mayor parte de su obra fue publicada póstumamente. Dos días después de recibir una copia de su novela en 1977, Caicedo se tomó 60 pastillas de secobarbital y acabó con su vida.
Paseo por el Parque del Gato, al costado del río Cali, lugar recurrente en la obra de Caicedo. Algunos desechables (vagabundos) y traquetos (delincuentes jóvenes ligados al narcotráfico) pasan como sombras por mi lado. La noche es negra y húmeda. Los estancos (bodegas) dispensan botellas de cerveza y aguardiente. Las canciones de salsa se superponen provenientes de lugares diversos: la radio de un auto, un local de rumba, un bar desnudo y alegre, alguna garganta alcoholizada. El perfume exagerado de las mujeres se mezcla con el de las ramas mojadas por la lluvia de la tarde. Los cuerpos se rozan de manera casual y erótica, siguiendo la límpida moral de la piel. La lógica del pecado es la única lógica de la noche. Así debe ser el cielo.
Del Blog de http://paulalonso.wordpress.com/2008/08 ... del-cielo/
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